
¿Cuántas preguntas pueden habitar en mi mente? La jaula de grillos que tengo metida en el cráneo, o la jaula de grillos en la que estoy metido. O todo metido dentro uno de otro, como muñecas rusas, una, otra, otra en otra, y en otra, y en otra. Pero al final sólo queda una, la más pequeña, la original. La que no está vacía.
Han pasado los años, y si hay algo que he llegado a fascinar son los cruces de caminos. Alguien los construyó para que la gente fuera a un lugar o a otro. Se hicieron por necesidades de comunicación, y cuando uno se encuentra frente a uno de ellos, se encuentra dialogando con esa vocecilla a veces cálida, a veces fría, a veces tú, y a veces yo, que no es sino los unos mismos que se encuentran en uno mismo, hablando de cómo será la derecha o la izquierda, el camino soleado o el tenebroso. O el que no es nada. Y, por supuesto, si Tiempo lo permite, rememorando los mejores momentos, los peores, o los que pudieron ser y nunca fueron. Por eso, el cruce de caminos cumple su cometido de comunicación. Comunicación de lugares, comunicación de personas, y comunicación con el alma.
¿Cuántas voces pueden habitar en mi mente? Más de las que oigo. Unas se tapan a otras, todas hablan, y todas no se pueden escuchar. Todas las guardé porque todas, todas, en algún momento fueron importantes, a veces por lo que dijeron, a veces por su tono, por su intención, o simplemente porque me gustaron, me intrigaron, o me hirieron. Todas ellas intentan influir en esa vocecilla con la que hablo en el cruce de caminos, al cual llegué después de kilómetros de carretera, calle, o incluso la avenida del puerto, corriendo, corriendo, contigo y con él, con la música nublando los sentidos, riendo nuestro miedo, abrazándonos sin tocarnos, pero todos juntos hacia la separación, tan cerca como la sentíamos, tan cerca como la callábamos.
Han pasado los años, y si hay algo que he llegado a odiar son los cruces de caminos, que te escrutan, te obligan a desnudarte, como las muñecas rusas, una, otra, otra en otra, y en otra, y en otra, y al final sólo la más pequeña, la original, la que no está vacía, tú, yo, ese extraño que te acompañó por las calles y carreteras. Pero las muñecas rusas no hablan.
¿Cuántas muñecas han habitado, una, otra, otra en otra, y en otra, y en otra? Tantas como vidas he vivido, o como vidas me han vivido los demás, porque vivir se vive una, la más pequeña, la original, la que no está vacía. La que hoy se erige enorme.