lunes, 16 de febrero de 2009

Dos ángeles


Dos ángeles quieren volar y otean el horizonte, esperando la mar en calma, para desplegar sus alas.


Sin embargo, el mar siempre está embravecido, el viento siempre es fuerte,y la tormenta intensa. Y los ángeles se quedan con las alas replegadas, con las miradas tristes, y con el corazón encogido, mientras las gotas de lluvia se confunden con lágrimas furtivas.


Aquél no es lugar para ángeles, o eso piensan ellos. Uno de ellos, abatido, piensa que puede que no exista el país de los ángeles, al fin y al cabo. El otro sospecha que ésta es la manera en que va a pagar sus pecados; el pecado de buscar, el pecado de ser libre.


Pero un dia los ángeles dejan de otear, se giran, y descubren que son dos: Son dos ángeles de alas replegadas, miradas tristes y corazones encogidos. Y en sus mejillas se confunde la lluvia y la pena. Y se tocan, y descubren que siempre estuvieron alli.


Entonces, funden sus almas, y el horizonte se abre ante ellos. El viento es más fuerte, el mar es más bravo, y la tormenta más intensa.


Pero ellos son más fuertes.


Saltan al vacío, despliegan las alas, y viven.


Al fin, viven.

lunes, 9 de febrero de 2009

Ventana a un espejo

Hoy me levanto, primero un pie a tierra, luego otro, los ojos medio pegados, el pelo desordenado, la mente obtusa y el corazón rebelde.

Me miro en el espejo, y no me reconozco, por mucho que me frote los ojos. El señor apostado delante de mí tras esa ventana de espejo no puede ser el mismo que le observa desde el otro lado, esto es, yo. Le miro, le hago una ligera mueca, arqueo una ceja, intentando mostrarle cierta indiferencia, pero él, haciendo exactamente el mismo gesto, me está retando a que le diga, a que me atreva a decirle, que él no es yo, o que yo no soy él, porque tampoco sabría decir qué parte de la ventana de espejo es la real.

Quisiera dejarle ir, pero me gana la partida y me acerco. Niego levemente con la cabeza, aprieto los labios, frunzo el ceño, e intento clavarle mis pupilas hasta que le hagan daño. Pero él hace lo mismo, y yo no sé si le he clavado las pupilas, pero él si que me las está clavando, y se ve que me conoce, porque sabe cómo y dónde clavármelas. Y lo hace ahí, en las tierras yermas del corazón, donde no he dejado que crezca el Amor, donde lo he quemado todo a mi paso, donde he cerrado las puertas del paraíso y me tragué la llave, donde huele a pasado que no ha caducado pero está próximo a hacerlo, donde el tiempo fluye lento porque no quiere huir, y cada segundo duele, ¡oh Dios cómo duele!.

Le aguanto la mirada, y sí, puede que a él también le haya herido, porque una lágrima se le quiere escapar, y aunque veo que se quiere resistir, puedo observar como se le marcan las facciones, se le abotarga el gesto, y sus espaldas empiezan a sentir el peso, la carga de sus pecados que, quién sabe, puede que sean los míos. Y yo no sé si fui yo, o fue él, pero alguien dijo que mi tornado, o el suyo, pero seguro que el mío, en todo caso el nuestro, había arrasado de nuevo, y se había llevado por delante sueños que, si no estaban averiados, por lo menos no fueron lo suficientemente fuertes como para aguantar un latido, y otro, y otro, y así hasta cientos, que habían actuado como un martilleo constante. Y que esos sueños, si no estaban averiados, por lo menos no se estaban forjando como el hierro, sino que se estaban partiendo como el cristal, tras un martillazo, y otro, y otro, y así hasta cientos.

Y alguien dijo que los sueños habían volado, y con él las ilusiones que en el pasado fueron el motor de la forja. Y que el tornado se había llevado otros sueños ajenos, pero ligados a mis sueños, porque los sueños se unen y se mezclan unos con otros, y hacen una aleación especial.

Especial, pero a veces frágil.

Me miro en el espejo, y entre lágrimas ya me reconozco. Ya no soy aquel extraño. Vuelvo a ser el niño con el corazón rebelde que nunca he dejado de ser, fuera máscaras, fuera mentiras. Vuelvo a sentirme recogido llorando en la intimidad, regando con esas lágrimas las tierras yermas del corazón, de donde saldrán nuevas esperanzas. De donde saldrá un nuevo día, que amanece nublado, pero con los rayos de sol queriendo huir.

Toca ducharse. Sonrío. Hoy va a ser un buen día.

sábado, 31 de enero de 2009

31-01-2009




Quantes veus? Quantes preguntes? Quantes nines? Quin dia gris? Quina finestra i quin núvol? Quina pedra? On és el camí? On l’encreuament? On les teranyines? On els fonaments que es belluguen?

Ara l’Univers ja està en pau i el cel trona. El camí enfangat, i els límits clars. Els núvols a sobre, el sol al fons. Les butxaques buides, el cor ple. Les llàgrimes a les galtes, els ulls nets. El dolor a l’esquena, el futur a un pas. Ara ja està, perqué només queda el més difícil, que es fer fàcil el que és evident.

Però no, encara no està tot.

El bon caminant, sempre, sempre, ha d’honrar el camí. S’han batut els dos en una competició sense més recompensa que la mateixa ànsia de guanyar, i ara, quan tot està a punt i els músculs cansats, ara, és el moment sagrat. Ara el caminant pot parar, només uns segons, per observar el seu contrincant, i demanar-li perdó per si, alguna vegada, no va ser just amb ell.

I donar-li les gràcies per qué ara és més fort, i per qué ara ja coneix el seu secret.

El camí té les cicatrius, les petjades del caminant. I ell, sap legir-les. I ara sap qué volen dir. I ara veu que totes les petjades seguien la mateixa direcció i que, quan estava perdut, era només que no s’atrevía a fer el que era evident. Per qué el més difícil era fer fàcil el que sempre ha estat evident. Però això ho sap ara, encara que algun àngel ja li va xiuxiuejar...

El bon caminant s’agenolla, agafa el fang, i ho sent ara que pot sentir. I escolta el vent, que li porta els sons del seu pasat. I el bon caminant, sent el que li diu el vent. El mateix que li va dir fa temps. El que li va dir el vint-i-dos d’Agost de 2007.

El que algún àngel ja li va xiuxiuejar...


Vint-i-dos d’Agost de 2007

Un nou dia a Barcelona, i cada vegada més sembla que porte aci tota la vida i, al mateix temps, que fa nomes un dia que he aterrat. És la eterna dicotímia que sofrisc des-de que vaig prendre la decisió de eixir (o fugir) de València (o de la meua vida).
Estic a un Starbucks. Es dimecres, vuit i divuit minuts de la vesprada. Al meu voltant un ambient tranquil. A la planta baixa, on jo estic, n’hi ha una parella de xicones grosses omplint dues butaques, riguent amb força. A unes altres butaques, tres xiques (o noies, com s’anomenen a Catalunya), joves, possiblement estudiants universitàries. Una parla animosament amb el nuvi pel mòvil – li diu "carinyo", i llavors, supose que ho es-. Les altres dos només xarren, sembla que de temes intrascendents. Semblen relaxades.
Jo estic assegut a un altra butaca, amb una tauleta redona davant meu, on pose el meu café latte tall i el pastís de llet amb xocolate blanc. Davant meu, a dues butaques que n’hi ha a l’altre costat de la tauleta, s’acosten dos persones majors, home i dona, marit i muller, supose. Em demanen permís per seure. Li’ls done. Ara estàn davant meu, bevent café. No crec que trave cap conversa, pot ser ni tan sols cap mirada, amb ells.
Ara una jovenalla s’amuntega a la barra. Els cambrers són estrangers, com quasi sempre a aquest establiment. L’un sembla colombià, i l’altre jo diria que marroquí (sóc molt dolent per a aquestes coses).
Ara els dos vellets de davant meu ja no hi són. Les dues butaques romanen buides. Em posa trist veure aquestes butaques buides. La imatge em fa sentir sol. És com si aquestes butaques estigueren esperant que algú les ocupara. Algú com els meus dos germans, que viuen a València. Algú com un parell d’amics, dels que no hi dispose a aquesta ciutat. Aquestes dues butaques buides són la part de la meua vida que encara està pendent d’omplir.
Ara són les vuit i trenta tres minuts de la vesprada. Fora, les llums dels cotxes que pasen per Urquinaona ja estàn enceses. El carrer torna a cridarme. De nou l’aventura, el demà, l’esperança de que tot pot canviar, de que les coses no sempre són com sembla evident. De nou, l’aire de Barcelona s’emporta els meus pensaments cap a València...

domingo, 18 de enero de 2009

29 Años


¿Cuántas preguntas pueden habitar en mi mente? La jaula de grillos que tengo metida en el cráneo, o la jaula de grillos en la que estoy metido. O todo metido dentro uno de otro, como muñecas rusas, una, otra, otra en otra, y en otra, y en otra. Pero al final sólo queda una, la más pequeña, la original. La que no está vacía.

Han pasado los años, y si hay algo que he llegado a fascinar son los cruces de caminos. Alguien los construyó para que la gente fuera a un lugar o a otro. Se hicieron por necesidades de comunicación, y cuando uno se encuentra frente a uno de ellos, se encuentra dialogando con esa vocecilla a veces cálida, a veces fría, a veces tú, y a veces yo, que no es sino los unos mismos que se encuentran en uno mismo, hablando de cómo será la derecha o la izquierda, el camino soleado o el tenebroso. O el que no es nada. Y, por supuesto, si Tiempo lo permite, rememorando los mejores momentos, los peores, o los que pudieron ser y nunca fueron. Por eso, el cruce de caminos cumple su cometido de comunicación. Comunicación de lugares, comunicación de personas, y comunicación con el alma.

¿Cuántas voces pueden habitar en mi mente? Más de las que oigo. Unas se tapan a otras, todas hablan, y todas no se pueden escuchar. Todas las guardé porque todas, todas, en algún momento fueron importantes, a veces por lo que dijeron, a veces por su tono, por su intención, o simplemente porque me gustaron, me intrigaron, o me hirieron. Todas ellas intentan influir en esa vocecilla con la que hablo en el cruce de caminos, al cual llegué después de kilómetros de carretera, calle, o incluso la avenida del puerto, corriendo, corriendo, contigo y con él, con la música nublando los sentidos, riendo nuestro miedo, abrazándonos sin tocarnos, pero todos juntos hacia la separación, tan cerca como la sentíamos, tan cerca como la callábamos.


Han pasado los años, y si hay algo que he llegado a odiar son los cruces de caminos, que te escrutan, te obligan a desnudarte, como las muñecas rusas, una, otra, otra en otra, y en otra, y en otra, y al final sólo la más pequeña, la original, la que no está vacía, tú, yo, ese extraño que te acompañó por las calles y carreteras. Pero las muñecas rusas no hablan.

¿Cuántas muñecas han habitado, una, otra, otra en otra, y en otra, y en otra? Tantas como vidas he vivido, o como vidas me han vivido los demás, porque vivir se vive una, la más pequeña, la original, la que no está vacía. La que hoy se erige enorme.

lunes, 22 de septiembre de 2008

A veces pasa...


Pasa a veces que, cuando te levantas y abres la persiana, tras el cristal sólo aparece un día gris. Un día que te muestra un cielo arrebujado entre sus nubes, profundas, pétreas, inescrutables. Y pasa a veces que, en esos días, te da por intentar descifrar por qué. Por qué tuvieron que aparecer allí, por qué no te dejan ver más allá, por qué no eres capaz de ver más allá.

Pasa a veces que, en esos días en que tus miradas rebotan en aquellas nubes, te viene a la cabeza si es aquella su manera de hablar. Tú les preguntas, y ellas te responden devolviéndote tus palabras. ¿Acaso no valen las preguntas? Es un diálogo perdido entre sus formas caprichosas, casi sólidas. Las nubes no son clementes con tus ojos tristes, porque ellas no entienden de clemencia, ni de tristeza, ni de ojos que piden paz ante el altar del dolor.

Pasa a veces que a veces pasa que en aquellos días en que las nubes no quieren hablar contigo, porque no sabes descifrar su idioma, que en tu cabeza empieza a retumbar el eco de tus preguntas. Y entre reflejos sonoros, no alcanzas a recordar el cabo del hilo que está en el inicio del momento en que comenzaste a perder a un amigo.

Y pondrías a la venta tu alma, si alguien te asegurara que la tienes – y que vale lo suficiente-, por volver a aquel preciso instante en que rompiste un pedacito del espejo en el que, entonces sí, creías intuir el alma que hoy venderías. Y aprietas los puños, y juras que evitarías el trágico momento, si es que hay algo que se puede evitar antes del momento en el que sabes que va a suceder.

Pero el cabo está perdido para siempre, y ya no hay excusas, ni por qués. Sólo quedan aquellas preguntas que te devuelven las nubes. Ellas, crueles y despiadadas, te rajan algo por dentro hasta hacerte sentir una bola de fuego y hiel que te sube por la garganta, abotargándote los sentidos, inundándote los ojos.

Pasa a veces que, cuando eso ocurre, llueve. Luego llega un aire fresco, que es el bálsamo de unas heridas sin curar. El sol aparece entonces, tímido, como pidiendo permiso por si llega en mal momento. Y pasa siempre que, en esos momentos, abro la persiana y le dejo pasar, y le invito a que se ponga cómodo en el sofá de mi casa, y le sirvo un café. Y le miro. Y me doy cuenta de que aunque esté ahí, nunca ocupará el lugar del amigo que perdí.





Dedicado a todos los amigos perdidos, quién sabe si entre las nubes de algún día gris.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Cuando un sueño se cumple (07/09/08)



Cuando un sueño se cumple, algo se rompe dentro. Las telarañas se desvanecen, los miedos se resquebrajan, los cimientos del alma se estremecen, y sus ventanas se desempañan.


Cuando un sueño se cumple, la luz invade tu vida. Una luz blanca, intensa, poderosa; tan poderosa como poderoso fue el empeño que pusiste en que el sueño se hiciera realidad. Cuando un sueño se cumple, te desperezas, abres la puerta de tu corazón y descubres fuera un mar enorme, azul, inabarcable, rodeado por un cielo fresco y reconfortante.


Cuando un sueño se cumple, la eternidad se acerca un poco hacia tu mundo. Un poco.


Ya queda menos.